Durante los recorridos que tuve la oportunidad de hacer durante mi campaña como candidata a la gubernatura, conocí comunidades rurales en las que sus habitantes trabajan con entusiasmo en sus tierras. Las labran con gran esperanza para que las cosechas sean exitosas, aprovechando la temporada de lluvias, ya que en Tlaxcala son cosechas de temporal, por lo que dependen totalmente de las precipitaciones pluviales.

 

Son familias enteras que inician sus jornadas de madrugada y se extienden a lo largo del día, pues cada semilla requiere de cuidado y sobre todo amor, ese amor que le ofrece a lo sagrado, porque la tierra da en respuesta buenos y deliciosos productos que llegan hasta nuestras mesas para nutrirnos, pero no solo al cuerpo, sino también al espíritu y es que cada fruta y cada verdura que llega a nuestros platos lleva consigo la esperanza de cada productor, sus oraciones matutinas y sus esfuerzos constantes.

 

De igual manera, los productores ganaderos que crían aves, vacas, cerdos, chivos y borregos, así como animales de granja en general, ponen gran empeño en que cada cabeza se logre y pueda convertirse en alimento para los tlaxcaltecas, para que den sabor a nuestro día a día y alegren nuestras fiestas. Cuidan los nutrientes que consume el ganado e invierten en atención médica veterinaria para que cada animal esté sano y realmente sea de provecho para todos.

 

Dependemos del campo para nuestra subsistencia. Sin nuestros PRODUCTORES RURALES no tendríamos el acceso a los alimentos del campo al precio que pagamos ni con la frescura de la que disfrutamos. Por eso es que quienes trabajan día a día para alimentarnos merecen mejores condiciones de vida. Merecen contar con condiciones que les garanticen servicios de salud de calidad y calidez, centros educativos que preparen a sus hijos para un futuro desafiante que exige de conocimientos actualizados e impartidos a través de métodos pedagógicos adecuados para cada edad, a fin de desarrollar sus aptitudes y la adquisición de competencias que les permita cumplir sus sueños.

 

A pesar de la relevancia de su labor, reciben muy poco apoyo por parte del Estado, porque es evidente que deben desplazarse grandes distancias para recibir atención médica, para asistir a centros educativos y que la infraestructura con la que cuentan es raquítica, por eso viven en un rezago preocupante e indignante. Lo peor es que a lo largo de la historia lo único que han recibido por parte de cada administración que llega al poder, son promesas que nunca tienen un cumplimiento, porque además de ser nuestra fuente de alimento, los productores rurales son una mina de oro en tiempos electorales, son la garantía para ganar en las urnas a cambio de falsas esperanzas, quizá por subestimar su relevancia al denominarlos como “campesinos”, como si se tratara de una minoría a la que nada se le debe, sin reconocer su peso como productores rurales.

 

La dignificación de las comunidades rurales no consiste solo en discursos emotivos e incluyentes, sino en hechos que puedan verse y palparse. Dignificarlos significa mejorar las condiciones de vida para todos, con la certeza de que cada tlaxcalteca cuente con todos los servicios necesarios y de calidad para vivir con excelencia, teniendo la libertad de hacer lo que se sueña y seguir trabajando en lo sagrado de la tierra, para que sigamos nutriéndonos física y espiritualmente.

 

Es por ello que considero indispensable dejar de verlos como campesinos, un concepto que se liga a carencias y limitaciones que se contemplan como propias de su naturaleza. Para mí son PRODUCTORES RURALES, tan importantes como cualquier empresario o industrial urbano, que merece la misma atención y cuidado, por su impacto a la economía local, estatal, regional y nacional.